EDITORIAL
OPINIÓN: Entre el chantaje y el terror
Por: Oscar Morales Guevara - Junio 20 - 6:52 pm 2962 hits

La bomba en el Centro Comercial Andino ha puesto al país a reflexionar sobre si tantas prebendas concedidas a FARC estarían fomentando más actos de terror.

OPINIÓN: Entre el chantaje y el terror

Oscar Morales Guevara - emisoras abc - entre el chantaje y el terrorEl terror regresó a la capital colombiana. La bomba de mediano poder que hizo explosión en el baño de mujeres del segundo piso del Centro Comercial Andino el pasado sábado 17 de junio, y que cobró la vida de tres mujeres e hirió de gravedad a once ciudadanos más, puso al descubierto una realidad aberrante: El terrorismo sigue siendo el método favorito de los violentos para obtener poder político y prebendas del Estado, escudados en un falso discurso "revolucionario" que justifica el asesinato de inocentes colombianos.

No importa cuántos acuerdos de "paz" se firmen con la cúpula FARC, otros grupos terroristas como el ELN usarán la misma fórmula de terror. Explotarán las bombas que quieran y asesinarán los colombianos que quieran, sabiendo que jamás habrá castigo alguno. Así se trate de crímenes de lesa humanidad.

Los terroristas saben que serán premiados con garantía plena de impunidad, cero cárcel, viajes, entrevistas en radio y televisión, narco fortuna blanqueada, y un nada despreciable botín político de curules, escoltas, emisoras, zonas veredales y cultivos de coca libres de Policía, Ejército y fumigación. Bingo! Moñona! Gol!

El gobierno, a cambio de que cesen bombas y masacres, ha ofrecido a los violentos un paraíso terrenal que no soñaban, uno que cualquier capo internacional envidiaría. Su política de paz quedó convertida en un sórdido carrusel de chantaje, terror y prebendas. El lema "El crimen sí paga" pareciera ser el legado del país a futuras generaciones.

El Estado Colombiano olvidó cómo enfrentar a la delincuencia y al terrorismo. Las políticas de seguridad de otras épocas fueron desmanteladas para privilegiar una política pacifista y débil con la criminalidad, hecha a la medida de las FARC y el ELN, al parecer dictada desde La Habana.

¿Ya olvidamos el reciente 'Plan Pistola' en el que los uniformados de la Policía Nacional tuvieron que encerrarse en sus cuarteles por temor a ser asesinados?

¿Ya olvidamos que el Ejército lleva meses 'amarrado' y no puede hacer ningún operativo importante sin que se moleste la cúpula FARC?

¿Ya olvidamos que continuamente son asesinados nuestros héroes de la Policía y el Ejército en emboscadas perpetradas por el ELN y la disidencia FARC?

La realidad actual es terca, contundente y maluca, y no se ciñe al libreto diseñado por los defensores de la "paz". Mientras el gobierno negociaba con FARC, Colombia se inundó de bandas criminales y nuevos carteles, el ELN se reencauchó, se triplicaron los cultivos de coca, y el narcotráfico volvió a reinar.

Como sociedad, no podemos seguir pretendiendo que estamos en paz cuando claramente no lo estamos. Con una policía encuartelada, un ejército amarrado, y una política estatal de premio a la criminalidad, ¿acaso nos extraña lo que sucedió en el Centro Comercial Andino? ¿Ya olvidamos las amenazas de 'guerra urbana' por parte de algunos congresistas de la Unidad Nacional?

Que si la opción del 'NO' ganaba el plebiscito, guerra urbana. Que si la Corte no aprobaba el 'Fast Track', guerra urbana. Que si el congreso no elegía a Diana Fajardo como magistrada de la Corte, guerra urbana.

¡Basta ya de amenazas, señores congresistas voceros de FARC! No pueden seguir alimentando la idea de una 'guerra urbana' si el país no cede ante los caprichos de las organizaciones terroristas. ¿En dónde quedó la firmeza y la dignidad de nación?

¿De qué nos sirven los anuncios presidenciales que prometen castigo para los autores de la bomba en el Andino, si ya se sabe que un tribunal de la JEP los dejará libres, como ya lo hizo con el terrorista Herminsul Arellán Barajas alias 'Pedro' - autor de la masacre del Club El Nogal?

Tanta indulgencia con el terrorismo solo generará nuevas olas de criminalidad. El ELN, por ejemplo, entendió la fórmula y sigue haciendo méritos para ganar poder de negociación ante el gobierno. No renunciarán al secuestro ni a las emboscadas, ni interrumpirán sus ataques contra la infraestructura del país. ¿Cuántos más ataques contra oleoductos y cuántos más policías morirán hasta que el gobierno le prometa al ELN el mismo botín que le dio a las FARC?, se pregunta el país.

El gobierno se hace el de la vista gorda ante el hecho de que, además del ELN, varios frentes FARC siguen delinquiendo y extorsionando a sus anchas, y que sus milicias urbanas siguen más que intactas.

El show de las zonas veredales y la supuesta entrega del 60% de sus armas no cuadra con las más de 900 caletas con armas, bazucas, munición y explosivos que siguen escondidas a lo largo y ancho del territorio nacional. De llegar a ser cierto como muchos creemos, que FARC mantienen el grueso de su arsenal escondido, significaría que la tal 'guerra urbana' siempre será una posibilidad, en un país que no está para nada preparado pues desmanteló sus políticas de defensa y seguridad.

En el año 2003, cuando las FARC explotaron la bomba en el club El Nogal, el país se unió como nunca antes contra el terrorismo. Hoy, de manera absurda y contrastante, nos encontramos divididos por la idea de premiar a los autores de tan horribles masacres y graduarlos de 'padres de la patria' a cambio de que no nos maten.

¿Seguiremos cediendo indefinidamente ante el chantaje de los "honorables terroristas"? ¿En qué punto decimos basta ya? ¿Cuánto más de nuestra patria hay que cederles y entregarles? ¿De dónde saldrán los recursos para pagar la impagable factura de tan oscura negociación?

El atentado en el Centro Comercial Andino debe llevarnos a hacer un alto en el camino, para reflexionar y tomar consciencia de que ceder indefinidamente al chantaje de los asesinos, permitiendo que nos gobiernen y se encaramen en nuestra Constitución, es la peor idea del mundo.

Los colombianos podremos ser nobles y generosos, pero nunca suicidas, ni arrodillados, ni bobos.

Oscar Morales Guevara

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